viernes, 6 de marzo de 2015

Atlas de islas remotas de Judith Schalansky
por Jorge Fondebrider

               Judith Schalansky
Judith Schalansky (Greifswald, Alemania, 1980) es narradora, editora y diseñadora de libros. En 2009 publicó  Atlas der abgelegenen Inseln  [Atlas de islas remotas] un muy bello volumen que lleva como subtítulo: “Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré”. El libro tuvo un éxito inmediato y trascendió las fronteras de su país. Para 2010 ya había una versión en inglés y nuevamente la atención de la prensa. Quien escribe estas líneas, vio el libro recomendado como libro del mes en la cadena de librerías Waterstone de Gran Bretaña en 2011. En España se tradujo a fines de 2013 y esa edición, publicada a cuatro manos por Capitán Swing y Nórdica, dos de los sellos españoles que, a pesar de sus traducciones, mejores catálogos ofrecen, acaba de llegar al Río de la Plata. 

El libro de Schalansky presenta una división por océanos (Glacial Ártico, Atlántico, Índico, Pacífico y Antártico) y luego, a razón de una cada dos páginas, la isla en cuestión, cuyo perfil cartografiado puede versa en las páginas impares. “Los mapas –escribe la autora en el prefacio– pueden o bien despertar ansias por viajar y conocer países nuevos, o bien apaciguar ese deseo, especialmente cuando la satisfactoria experiencia estética de recorrer un mapa con ojos y dedos logra reemplazar el viaje real. Pero consultar un atlas siempre  supone mucho más que cualquier viaje: todo el que abre sus páginas no se contenta sólo con observar lugares exóticos y aislados, sino que desea traer el mundo entero ante sí, de una vez y sin litaciones.” Es lo que hace la autora en la páginas pares, donde, además de una brevísima cronología, incluye algún tipo de información sobre la isla: puede tratarse de un detalle físico, de una historia ligada a su colonización, de una referencia al pasar que dé cuenta de un suceso extraordinario o del todo ordinario que allí haya sucedido. “Preguntar sobre la veracidad de estos relatos no es pertinente –señala Schalansky en la introducción–, ya que no se le puede dar una respuesta definitiva. No he inventado ni un solo hecho de estas páginas, sino que los he encontrado todos ellos en narraciones de otros. Descubrí estas historias y las hice mías, como hacían los antiguos marinos con las tierras recién descubiertas”. En síntesis, se trata de un recorte interesado que, a la manera de los textos oblicuos de Georges Perec, deposita en la mente del lector datos inútiles y del todo encantadores.




Islas remotas y extremos

El Diccionario de la Real Academia, con su acostumbrada torpeza, define “isla” como “Porción de tierra rodeada de agua por todas partes”. Y más abajo aclara que “islas adyacentes” son las que “aun apartadas del continente, pertenecen al territorio nacional, como las Baleares y Canarias respecto de España, y las que se consideran parte de tal territorio”. Esto nos permite inferir que una cosa es el mundo físico y otra el político. Las islas no necesariamente forman una unidad física con el país que las reclama como propias, pero en virtud del colonialismo europeo –que, hay que aclarar, no es el único colonialismo posible–, la mayoría de ellas fue reclamada por los países dominantes en épocas en que el mundo se repartía entre unos pocos.


Siguiendo con el juego del diccionario, “remoto es un adjetivo que puede utilizarse con dos significados diferentes. Por un lado, el término permite referirse a aquello que se encuentra a una cierta distancia, retirado o alejando. Por otra parte, lo remoto es algo que resulta inverosímil o que es muy poco probable que suceda”. Ambas acepciones sirven para interpretar el libro de Schalansky y para imaginar, de algún modo, que se tratar de lugares extremos. Y de las varias acepciones que encierra la palabra “extremo” vale la pena conservar ésta: “1) Que está en el grado máximo de cualquier cosa. 2) Excesivo, sumo, mucho. 3) Distante, con respecto al punto en que se sitúa el que habla”. Si una o varias de ellas se emplearan para definir los puntos más extremos de la Tierra, resultaría que la isla de Kaffeklubben, cerca de la costa noroeste de Groenlandia, es la porción de tierra firme más septentrional, en tanto el Polo Sur Geográfico (90º 0’ 0’’ S 0º0’0’’ E) es el punto más austral de la Tierra. Luego, que el meridano 180º es el punto más al este y más al oeste del globo. Y en lo que alturas se refiere que el Monte Everest es la montaña más alta respecto al nivel del mar (8.450 metros), el Mauna Kea, la más alta respecto a su base (10.203 metros), el Chimborazo, la más alejada del centro de la Tierra (6.384 kilómetros), el abismo Challenger, el punto más profundo bajo el nivel del mar (10 911 metros); el Mar Muerto, el punto en tierra firme a una menor altura (418 metros bajo el nivel del mar). Por último, queda mencionar el Golfo de Guinea que por su posición (0º 0º), no es ni norte ni sur, ni este ni oeste.


¿Qué pasa con las islas extremas; vale decir, con aquéllas que por su latitud y longitud están fuera de la órbita de un continente determinado y tendemos a pensar como fin del mundo? Nada: se las queda el que primero las reclamó, o el que tuvo la fuerza para echar al que primero las ocupó, o se abandonan a su suerte más o menos para siempre. Algunas tienen incluso ciudades, como Tierra del Fuego, donde es posible comerse la hamburguesa del fin del mundo, sentado en un bar del fin del mundo, según dicen los prospectos turísticos.

 

El fin del mundo


En general, cuando se habla del fin del mundo, se tiende a pensar en términos escatológicos; vale decir en cualquiera de las distintas creencias referentes al fin del tiempo. La idea suele estar ligada a un hecho culminante –el Ragnarök de los pueblos nórdicos, el sueño de Brahmā y la destrucción parcial del Universo, el Juicio Final de los judíos, cristianos y musulmanes, etc.– y a algún tipo de castigo o recompensa que involucra a la humanidad. Pero “mundo” es un concepto que encierra muchos significados. En una de sus acepciones se refiere exclusivamente a la forma física de la Tierra. Y así como es difícil pensar en un tiempo infinito, también lo es pensar en una tierra infinita. Los seres humanos necesitamos contar con al menos alguna referencia que nos ayude a tolerar el vértigo que trae consigo la incómoda idea de infinito, un concepto más bien abstracto para expresar aquello que no tiene ni puede tener término o fin.


Durante la Antigüedad hubo cientos de hipótesis sobre los lugares donde se terminaba el mundo, para lo cual, entre otras cosas, se buscaba ubicarlo en algún lado y definirlo. Tales de Mileto (circa 625/24-547/6 a.C.), por ejemplo, proponía una tierra estática con forma de disco flotante, rodeada por un océano. La idea había sido tomada de los caldeos, un pueblo que había prosperado en el extremo sudoeste de la cuenca de los ríos Éufrates y Tigris, en la Mesopotamia asiática. Anaximandro (610-545 a.C.), también hablaba de una tierra plana que, al estar en posición central, no podía caer por ningún costado, lo cual –por qué no admitirlo–, ofrece una cierta seguridad. Por su parte, Anaxímenes (c 584-524 a.C.), un discípulo de Tales, pensaba que la Tierra era ancha, plana y de poco espesor, prácticamente como una mesa que flotaba en el aire. Parménides (540-470 a.C.), en cambio, fue el primero en hablar de una Tierra redonda, concepto que, con variaciones, también manejará Pitágoras (569-475 a.C.) y, de manera más categórica, Aristóteles (382-322 a.C.), quien habló de un Cosmos esférico y finito, que tenía a la Tierra como centro, y Eratóstenes (276-194 a.C.), quien fue el primero en determinar de manera bastante precisa el tamaño de la Tierra. Ya en el siglo I d.C., Claudio Ptolomeo (100-170) –el mismo que planteó un sistema del Universo con la Tierra ocupando la posición central– empleaba el sistema de latitud y longitud que utilizarían los cartógrafos posteriormente. Con todo, a los Padres de la Iglesia y sus secuaces no les resultaba cómodo que el mundo no se acomodara a las enseñanzas de la Biblia. Entre las principales voces disidentes hay que mencionar a Lactancio (circa 245-325), a San Basilio de Cesárea (329-379), a Juan Crisóstomo (344-408), a Diodoro de Tarso (de quien se sabe murió en 392), a Severiano de Gabala (muerto en 408), y a Cosmas Indicopleustes (del cual solo se sabe que, alrededor de 550, escribió una Topografía cristiana, donde se dice que la Tierra es un rectángulo que guarda las mismas proporciones que el tabernáculo del Antiguo Testamento), etc. Todos ellos, fueron debidamente refutados. Luego, entre los siglos XV y el XVII, cuando tuvo lugar la llamada Era de los Descubrimientos, los europeos recorrieron la casi totalidad del mundo, cartografiándolo y, claro, apropiándose de él para sus respectivos países. Siguiendo esa lógica eurocentrista, de a poco, el mundo empezaba a parecerse al que nosotros conocemos.


Entonces, si se supone que ya desde la Antigüedad había un acuerdo sobre la esfericidad del mundo y si esa información atravesó con éxito la Edad Media y la Edad Moderna, ¿por qué persistió la idea de la tierra plana? La explicación es simple y exclusivamente literaria. En 1828, al cabo de una prolongada residencia en Madrid, el escritor estadounidense Washington Irving (1783-1859) publicó The Life and Voyages of Christopher Columbus (Historia de la vida y viajes de Cristobal Colón), una biografía donde se volvía al mito de la creencia en la Tierra plana, y que fue inmediatamente adoptada en las escuelas, convirtiéndose en libro de texto. Allí apareció lo del huevo de Colón, los amotinamientos de los marineros que temían caerse del mundo si seguían navegando hacia el oeste, etc. La cuestión saltó de las escuelas estadounidenses al mundo entero y hete aquí que un día ya eran cientos de miles las escuelas del mundo entero en las que se enseñaba que antes de Colón se creía que la Tierra era plana, sin asociar esta idea con el hoy poco frecuentado autor de los Cuentos de la Alhambra. De todos modos, Irving no fue el único en difundir ese punto de vista completamente ahistórico. Con diversos matices, persistió en las polémicas generadas por el creacionismo, así como en los increíblemente ridículos conflictos entre protestantes y católicos. Dos buenos ejemplos son History of the Conflict Between Religion and Science (Historia del conflicto entre la religión y la ciencia ; 1874), de John William Draper (1811-1882) e History of the Warfare of Science with Theology in Christendom (Historia de la guerra entre la ciencia contra la teología de la cristiandad ; 1896), de Andrew Dickson White (1832-1918). Hubo otros.

 

Antípodas    

                                        

Ahora bien, con un mundo decididamente esférico y la progresiva evidencia, fomentada por los viajes y las conquistas, de la existencia de otros pueblos del todo ajenos a los que ya se conocía, se comenzó a tratar de dotar al mundo de una estructura global. Hubo distintas teorías. A Aristóteles se le atribuye haber imaginado un único mundo –el nuestro– situado en el medio de un Océano planetario. Otra teoría, atribuida al cartógrafo Crates de Matos (180-150 a.C.), proponía cuatro conjuntos continentales, uno en cada cuarto de la esfera terrestre, separados por el océano. Una de estas islas era el Ecúmene y reunía a Europa, Asia y África. Para este esquema Crates acuñó el término  antípodas, que nombraba el lugar de la superficie terrestre diametralmente opuesto a donde se sitúa un punto de vista determinado–, posteriormente, adoptado por Ptolomeo y otros. La misma idea, pero reducida, planteaba un mundo dividido en dos masas continentales, una en el hemisferio norte y la otra –completamente simétrica– en el hemisferio sur, que se llamaba Antichtone (la “tierra opuesta”), otra forma de llamar a las antípodas. Hubo una cuarta teoría atribuida a Ptolomeo, que, contrastando con lo anterior, sostenía la existencia de una masa continental continua que encerraba el océano en su interior. Cada una de estas ideas tuvo su hora de gloria. Con todo, terminó por imponerse la teoría de las dos masas continentales. Ésta, a su vez fue combinada por Macrobio (quien vivió en el último cuarto del siglo IV d.C.) con una antigua teoría, atribuida a Parménides, que dividía al mundo en zonas climáticas que permitían o no que el mundo fuera habitable: el norte y el sur extremos no eran habitables; tampoco el ecuador; sí la zona templada al norte y al sur de éste. Eso implicaba que, “del otro lado” hubiera gente que vivía como quienes vivían en la zona templada norte, algo que, para muchos Padres de la Iglesia, resultaría inadmisible. El ya citado Lactancio negó las antípodas porque la gente no podía vivir cabeza abajo, por lo que resultaba claro que en el hemisferio sur no vivía nadie. Haciendo un esfuerzo mayor, San Agustín (354-430) escribió en De Civitate Dei (La ciudad de Dios), sobre la imposibililidad de que existieran hombres que vivieran en el lado opuesto de la tierra, “donde el sol se levanta cuando para nosotros se pone, hombres que caminan con sus pies opuestos a los nuestros”. Para negarse a creer en tal prodigio, sostuvo que no existía conocimiento histórico alguno que probara que del otro lado del mundo había algo más que agua.  Suponer lo contrario, o el difícil cruce del ecuador, eran meras conjeturas, ya que las Escrituras no hacían ninguna mención del caso. Esta argumentación fue tan poderosa que incluso diez siglos más tarde se seguía utilizando. Tal fue el caso de Alonso Tostado (circa 1400-1455), obispo de Ávila, quien planteaba una curiosa disyuntiva: o Cristo apareció en la Tierra por segunda vez –algo impensable, porque, si así hubiera sido, ya nos habríamos enterado–, o los habitantes de las antípodas estaban condenados al infierno. Como ninguna de las dos alternativas parecía lógica, las antípodas debían estar deshabitadas o bien, como imaginó el cartujo Gregor Reisch (1467-1525), en su célebre enciclopedia Margarita philosophica (1503), habitadas por monstruos inimaginables. Para tranquilidad de todos, hoy se sabe que el 96% de los lugares del mundo tienen su antípoda en el mar. A la Argentina le tocaron partes de China, Rusa y Mongolia. Al Uruguay, el Mar Amarillo.

 

De nuevo las islas


Pero volviendo atrás por un momento, vale la pena recordar que antes de que el mundo fuera el que hoy conocemos, ya existía a su modo. Si nos atuviéramos al caso de la civilización griega –considerada como la cuna de Occidente–, habría que decir que ésta, asumiendo diversas manifestaciones, se extendió entre el 1900 a.C. hasta el 146 a.C., fecha de la conquista romana. Ese lapso atraviesa los períodos pre-homérico, homérico, arcaico, clásico y helenístico, sin que a lo largo del mismo se haya configurado una unidad política permanente. No obstante, los límites fueron precisos: al norte, Iliria y Macedonia; al sur, el Mar Mediterráneo; al este, el Mar Egeo, y al Oeste, el Mar Jónico. Por lo demás, para ese conglomerado de pueblos, el mundo empezó siendo una suerte de disco rodeado por un océano, que era el límite de todo. De ahí a pensar el mundo como una isla había un paso, y ese paso, como ya vimos, se dio. Luego, los descubrimientos geográficos fueron modificando los criterios de realidad planteados por los mitos. Geógrafos e historiadores mediante, se definió que el Mar Egeo, el Estrecho de los Dardanelos, el Mar de Mármara, el Estrecho de Bósforo y el Mar Negro, separaban a las tierras aledañas de esos accidentes geográficos, y que después las fronteras comenzaron a crecer hacia el este y el oeste para llamarse Europa y Asia, respectivamente.


Para la época romana, esa isla que era Europa ya había ampliado considerablemente sus márgenes en todas direcciones, pero la creencia de que el mundo físico se terminaba en algún lado persistía. De hecho, ese lugar –que a la sazón fue muchos lugares– solía denominarse finis terrae (el fin de la tierra), y se ubicaba en el Extremo Occidente, lo que es decir la actual España. Y después había islas, y algunas de esas islas que los descubridores empezaron a poner al sur, al norte, al este y al oeste del mapa, eran de verdad. Tanto es así que, desplazando para siempre a otros accidentes geográficos continentales, algunas de ellas, las más alejadas de las metrópolis centrales, empezaron a cumplir el papel de fin del mundo. De algunas versiones de eso, en síntesis, trata el libro de Schalansky.

 

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