Atlas de islas remotas de Judith Schalansky
por Jorge Fondebrider
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Judith Schalansky |
Judith
Schalansky (Greifswald, Alemania, 1980) es narradora, editora y diseñadora de
libros. En 2009 publicó Atlas der abgelegenen Inseln [Atlas de islas remotas] un muy bello volumen
que lleva como subtítulo: “Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que
nunca iré”. El libro tuvo un éxito inmediato y trascendió las fronteras de su
país. Para 2010 ya había una versión en inglés y nuevamente la atención de la
prensa. Quien escribe estas líneas, vio el libro recomendado como libro del mes
en la cadena de librerías Waterstone de Gran Bretaña en 2011. En España se
tradujo a fines de 2013 y esa edición, publicada a cuatro manos por Capitán
Swing y Nórdica, dos de los sellos españoles que, a pesar de sus traducciones,
mejores catálogos ofrecen, acaba de llegar al Río de la Plata.

El libro de Schalansky presenta una división por océanos
(Glacial Ártico, Atlántico, Índico, Pacífico y Antártico) y luego, a razón de
una cada dos páginas, la isla en cuestión, cuyo perfil cartografiado puede
versa en las páginas impares. “Los mapas –escribe la autora en el prefacio–
pueden o bien despertar ansias por viajar y conocer países nuevos, o bien
apaciguar ese deseo, especialmente cuando la satisfactoria experiencia estética
de recorrer un mapa con ojos y dedos logra reemplazar el viaje real. Pero
consultar un atlas siempre supone mucho
más que cualquier viaje: todo el que abre sus páginas no se contenta sólo con
observar lugares exóticos y aislados, sino que desea traer el mundo entero ante
sí, de una vez y sin litaciones.” Es lo que hace la autora en la páginas pares,
donde, además de una brevísima cronología, incluye algún tipo de información
sobre la isla: puede tratarse de un detalle físico, de una historia ligada a su
colonización, de una referencia al pasar que dé cuenta de un suceso
extraordinario o del todo ordinario que allí haya sucedido. “Preguntar sobre la
veracidad de estos relatos no es pertinente –señala Schalansky en la
introducción–, ya que no se le puede dar una respuesta definitiva. No he
inventado ni un solo hecho de estas páginas, sino que los he encontrado todos
ellos en narraciones de otros. Descubrí estas historias y las hice mías, como
hacían los antiguos marinos con las tierras recién descubiertas”. En síntesis,
se trata de un recorte interesado que, a la manera de los textos oblicuos de
Georges Perec, deposita en la mente del lector datos inútiles y del todo
encantadores.
Islas remotas y extremos
El Diccionario
de la Real Academia,
con su acostumbrada torpeza, define “isla” como “Porción de tierra rodeada de agua por todas partes”. Y más abajo aclara que “islas adyacentes” son las que “aun apartadas del continente,
pertenecen al territorio nacional, como las Baleares y Canarias respecto de
España, y las que se consideran parte de tal territorio”. Esto nos permite
inferir que una cosa es el mundo físico y otra el político.
Las islas no necesariamente forman una unidad física con el país que las
reclama como propias, pero en virtud del colonialismo europeo –que, hay que
aclarar, no es el único colonialismo posible–, la mayoría de ellas fue
reclamada por los países dominantes en épocas en que el mundo se repartía entre
unos pocos.
Siguiendo con el juego del diccionario, “remoto es un adjetivo que puede
utilizarse con dos significados diferentes. Por un lado, el término permite
referirse a aquello que se encuentra a una cierta distancia, retirado o
alejando. Por otra parte, lo remoto es algo que resulta inverosímil o que es
muy poco probable que suceda”. Ambas acepciones sirven para interpretar el
libro de Schalansky y para imaginar, de algún modo, que se tratar de lugares
extremos. Y de las varias acepciones que encierra la palabra “extremo” vale la
pena conservar ésta: “1) Que está en el grado máximo de cualquier cosa. 2)
Excesivo, sumo, mucho. 3) Distante, con respecto al punto en que se sitúa el
que habla”. Si una o varias de ellas se emplearan para definir los puntos más extremos de la Tierra, resultaría que la
isla de Kaffeklubben, cerca de la costa noroeste
de Groenlandia, es la porción de tierra firme más
septentrional, en tanto el Polo Sur Geográfico (90º 0’ 0’’ S 0º0’0’’ E) es el punto
más austral de la Tierra. Luego,
que el meridano 180º es el punto más al este y más al oeste del globo. Y en lo
que alturas se refiere que el Monte Everest es la montaña más alta respecto al
nivel del mar (8.450
metros), el Mauna Kea, la más alta respecto a su base (10.203 metros), el
Chimborazo, la más alejada del centro de la Tierra (6.384 kilómetros),
el abismo Challenger, el punto más profundo bajo el nivel del mar (10 911 metros); el
Mar Muerto, el punto en tierra firme a una menor altura (418 metros bajo el nivel
del mar). Por último, queda mencionar el Golfo de Guinea que por su posición (0º
0º), no es ni norte ni sur, ni este ni oeste.
¿Qué pasa con las islas extremas; vale decir, con aquéllas que por su
latitud y longitud están fuera de la órbita de un continente determinado y
tendemos a pensar como fin del mundo? Nada: se las queda el que primero las
reclamó, o el que tuvo la fuerza para echar al que primero las ocupó, o se
abandonan a su suerte más o menos para siempre. Algunas tienen incluso
ciudades, como Tierra del Fuego, donde es posible comerse la hamburguesa del
fin del mundo, sentado en un bar del fin del mundo, según dicen los prospectos
turísticos.
El fin del mundo
En general, cuando se habla del fin
del mundo, se tiende a pensar en términos escatológicos; vale decir en cualquiera
de las distintas creencias referentes al
fin del tiempo. La idea suele estar ligada a un hecho culminante –el Ragnarök
de los pueblos nórdicos, el sueño de Brahmā y la destrucción parcial del Universo,
el Juicio Final de los judíos, cristianos y musulmanes, etc.– y a algún tipo de
castigo o recompensa que involucra a la humanidad. Pero “mundo” es un concepto
que encierra muchos significados. En una de sus acepciones se refiere
exclusivamente a la forma física de la Tierra.
Y así como es difícil pensar en un tiempo infinito, también
lo es pensar en una tierra infinita. Los seres humanos necesitamos contar con
al menos alguna referencia que nos ayude a tolerar el vértigo que trae consigo
la incómoda idea de infinito, un concepto más bien abstracto para expresar
aquello que no tiene ni puede tener término o fin.
Durante la Antigüedad
hubo cientos de hipótesis sobre los lugares donde se terminaba el mundo, para
lo cual, entre otras cosas, se buscaba ubicarlo en algún lado y definirlo. Tales
de Mileto (circa 625/24-547/6 a.C.),
por ejemplo, proponía una tierra estática con forma de disco flotante, rodeada
por un océano. La idea había sido tomada de los caldeos, un pueblo que había
prosperado en el extremo sudoeste de la cuenca de los ríos Éufrates y Tigris,
en la Mesopotamia
asiática. Anaximandro (610-545
a.C.), también hablaba de
una tierra plana que, al estar en posición central, no podía caer por ningún
costado, lo cual –por qué no admitirlo–, ofrece una cierta seguridad. Por su
parte, Anaxímenes (c 584-524
a.C.), un discípulo de Tales, pensaba que la Tierra era ancha,
plana y de poco espesor, prácticamente como una mesa que flotaba en el
aire. Parménides (540-470 a.C.), en cambio, fue el primero en hablar de una Tierra
redonda, concepto que, con variaciones, también manejará Pitágoras (569-475 a.C.) y, de manera más
categórica, Aristóteles (382-322
a.C.), quien habló de un Cosmos esférico y finito, que
tenía a la Tierra
como centro, y Eratóstenes (276-194
a.C.), quien fue el primero en determinar de manera
bastante precisa el tamaño de la Tierra. Ya
en el siglo I d.C., Claudio Ptolomeo (100-170) –el mismo que planteó un sistema
del Universo con la Tierra
ocupando la posición central– empleaba el sistema de latitud y longitud que
utilizarían los cartógrafos posteriormente. Con todo, a los Padres de la Iglesia y sus secuaces no
les resultaba cómodo que el mundo no se acomodara a las enseñanzas de la Biblia. Entre las principales
voces disidentes hay que mencionar a Lactancio (circa 245-325), a San Basilio de Cesárea (329-379), a Juan
Crisóstomo (344-408), a Diodoro de Tarso (de quien se sabe murió en 392), a Severiano
de Gabala (muerto en 408), y a Cosmas
Indicopleustes (del cual
solo se sabe que, alrededor de 550, escribió una Topografía cristiana, donde se dice que la Tierra es un rectángulo que
guarda las mismas proporciones que el tabernáculo del Antiguo Testamento), etc.
Todos ellos, fueron debidamente refutados. Luego, entre los siglos XV y el XVII,
cuando tuvo lugar la llamada Era de los Descubrimientos, los europeos recorrieron la casi totalidad del mundo, cartografiándolo
y, claro, apropiándose de él para sus respectivos países. Siguiendo esa lógica
eurocentrista, de a poco, el mundo empezaba a parecerse al que nosotros
conocemos.
Entonces,
si se supone que ya desde la
Antigüedad había un acuerdo sobre la esfericidad del mundo y
si esa información atravesó con éxito la Edad
Media y la Edad Moderna,
¿por qué persistió la idea de la tierra plana? La explicación es simple y
exclusivamente literaria. En 1828, al cabo de una prolongada residencia en
Madrid, el escritor estadounidense Washington Irving (1783-1859) publicó The Life and Voyages of Christopher Columbus (Historia de la vida y
viajes de Cristobal Colón), una biografía donde se volvía al mito de la
creencia en la Tierra
plana, y que fue inmediatamente adoptada en las escuelas, convirtiéndose en
libro de texto. Allí apareció lo del huevo de Colón, los amotinamientos de los
marineros que temían caerse del mundo si seguían navegando hacia el oeste, etc.
La cuestión saltó de las escuelas estadounidenses al mundo entero y hete aquí que
un día ya eran cientos de miles las escuelas del mundo entero en las que se
enseñaba que antes de Colón se creía que la Tierra era plana, sin asociar esta idea con el
hoy poco frecuentado autor de los Cuentos de la Alhambra. De todos modos, Irving no
fue el único en difundir ese punto de vista completamente ahistórico. Con
diversos matices, persistió en las polémicas generadas por el creacionismo, así
como en los increíblemente ridículos conflictos entre protestantes y católicos.
Dos buenos ejemplos son History of the Conflict Between Religion and
Science (Historia del conflicto entre la religión y la ciencia ; 1874), de John William Draper (1811-1882) e History
of the Warfare of Science with Theology in Christendom (Historia de la guerra entre la ciencia
contra la teología de la cristiandad ; 1896), de Andrew Dickson White (1832-1918). Hubo otros.
Antípodas
Ahora bien, con un mundo
decididamente esférico y la progresiva evidencia, fomentada por los viajes y
las conquistas, de la existencia de otros pueblos del todo ajenos a los que ya se
conocía, se comenzó a tratar de dotar al mundo de una estructura global. Hubo
distintas teorías. A Aristóteles se le atribuye haber imaginado un único mundo
–el nuestro– situado en el medio de un Océano planetario. Otra teoría,
atribuida al cartógrafo Crates de Matos (180-150 a.C.), proponía cuatro conjuntos
continentales, uno en cada cuarto de la esfera terrestre, separados por el
océano. Una de estas islas era el Ecúmene y reunía a Europa, Asia y África.
Para este esquema Crates acuñó el término antípodas, que nombraba el lugar de la
superficie terrestre diametralmente opuesto a donde se sitúa un punto de vista
determinado–, posteriormente, adoptado por Ptolomeo y otros. La misma idea,
pero reducida, planteaba un mundo dividido en dos masas continentales, una en
el hemisferio norte y la otra –completamente simétrica– en el hemisferio sur,
que se llamaba Antichtone (la “tierra
opuesta”), otra forma de llamar a las antípodas. Hubo una cuarta teoría
atribuida a Ptolomeo, que, contrastando con lo anterior, sostenía la existencia
de una masa continental continua que encerraba el océano en su interior. Cada
una de estas ideas tuvo su hora de gloria. Con todo, terminó por imponerse la
teoría de las dos masas continentales. Ésta, a su vez fue combinada por
Macrobio (quien vivió en el último cuarto del siglo IV d.C.) con una antigua
teoría, atribuida a Parménides, que dividía al mundo en zonas climáticas que
permitían o no que el mundo fuera habitable: el norte y el sur extremos no eran
habitables; tampoco el ecuador; sí la zona templada al norte y al sur de éste.
Eso implicaba que, “del otro lado” hubiera gente que vivía como quienes vivían
en la zona templada norte, algo que, para muchos Padres de la Iglesia, resultaría inadmisible.
El ya citado Lactancio negó las antípodas porque la gente no podía vivir cabeza
abajo, por lo que resultaba claro que en el hemisferio sur no vivía nadie.
Haciendo un esfuerzo mayor, San Agustín (354-430) escribió en De Civitate Dei (La ciudad de Dios), sobre la imposibililidad de que existieran hombres
que vivieran en el lado opuesto de la tierra, “donde el sol se levanta cuando
para nosotros se pone, hombres que caminan con sus pies opuestos a los
nuestros”. Para negarse a creer en tal prodigio, sostuvo que no existía conocimiento
histórico alguno que probara que del otro lado del mundo había algo más que
agua. Suponer lo contrario, o el difícil
cruce del ecuador, eran meras conjeturas, ya que las Escrituras no hacían
ninguna mención del caso. Esta argumentación fue tan poderosa que incluso diez
siglos más tarde se seguía utilizando. Tal fue el caso de Alonso Tostado (circa
1400-1455), obispo de Ávila, quien planteaba una curiosa disyuntiva: o Cristo
apareció en la Tierra
por segunda vez –algo impensable, porque, si así hubiera sido, ya nos habríamos
enterado–, o los habitantes de las antípodas estaban condenados al infierno.
Como ninguna de las dos alternativas parecía lógica, las antípodas debían estar
deshabitadas o bien, como imaginó el cartujo Gregor Reisch (1467-1525), en su
célebre enciclopedia Margarita
philosophica (1503), habitadas por monstruos inimaginables. Para
tranquilidad de todos, hoy se sabe que el 96% de los lugares del mundo tienen
su antípoda en el mar. A la
Argentina le tocaron partes de China, Rusa y Mongolia. Al
Uruguay, el Mar Amarillo.
De nuevo las islas
Pero volviendo
atrás por un momento, vale la pena recordar que antes de que el mundo fuera el
que hoy conocemos, ya existía a su modo. Si nos atuviéramos al caso de la civilización
griega –considerada como la cuna de Occidente–, habría que decir que ésta,
asumiendo diversas manifestaciones, se extendió entre el 1900 a.C. hasta el 146 a.C., fecha de la
conquista romana. Ese lapso atraviesa los períodos pre-homérico, homérico,
arcaico, clásico y helenístico, sin que a lo largo del mismo se haya configurado
una unidad política permanente. No obstante, los límites fueron precisos: al
norte, Iliria y Macedonia; al sur, el Mar Mediterráneo; al este, el Mar Egeo, y
al Oeste, el Mar Jónico. Por lo demás, para ese conglomerado de pueblos, el
mundo empezó siendo una suerte de disco rodeado por un océano, que era el
límite de todo. De ahí a pensar el mundo como una isla había un paso, y ese
paso, como ya vimos, se dio. Luego, los descubrimientos geográficos fueron
modificando los criterios de realidad planteados por los mitos. Geógrafos e
historiadores mediante, se definió que el Mar Egeo, el Estrecho de los
Dardanelos, el Mar de Mármara, el Estrecho de Bósforo y el Mar Negro, separaban
a las tierras aledañas de esos accidentes geográficos, y que después las
fronteras comenzaron a crecer hacia el este y el oeste para llamarse Europa y
Asia, respectivamente.
Para la época romana, esa isla que era Europa ya había ampliado
considerablemente sus márgenes en todas direcciones, pero la creencia de que el
mundo físico se terminaba en algún lado persistía. De hecho, ese lugar –que a
la sazón fue muchos lugares– solía denominarse finis terrae (el fin de la tierra), y se ubicaba en el Extremo Occidente,
lo que es decir la actual España. Y después había islas, y algunas de esas
islas que los descubridores empezaron a poner al sur, al norte, al este y al
oeste del mapa, eran de verdad. Tanto es así que, desplazando para siempre a
otros accidentes geográficos continentales, algunas de ellas, las más alejadas
de las metrópolis centrales, empezaron a cumplir el papel de fin del mundo. De
algunas versiones de eso, en síntesis, trata el libro de Schalansky.
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