sábado, 21 de marzo de 2015

Un obús cayendo despedaza de Andrés Ehrenhaus
Por Marcelo Cohen


Un poco de historia. El primer libro de cuentos de Andrés Ehrenhaus se llamaba Subir arriba, redundancia muy querida por el habla española, e incluía una novelita, “La obra en progreso”, que empezaba así: “En la equívoca calidez de la clandestinidad, un número de personas intenta elaborar una mitología nacional”. Este precioso equilibrio de nitidez seductora, patinazo coloquial y acopio de todo tópico, del de la peluquera al joyceano, era el transporte —si no el pasajero— de una inventiva indiscriminada. En ese cuento había una mujer (“Dalia, Hipermétrope o, mejor, Yoshuhiro”) de belleza “tan radiadora e irradiante” que rebotaba en las paredes y las iba manchando de amarillo. Años después y otro libro de por medio, apareció La seriedad, un popurrí de extranjerismos distorsionados y disparates que revelaban, como al descuido, tragedias estúpidas, indolencias letales y una gran variedad de planos de vida, humana y animal. Uno soltaba carcajadas, como con Vian, O’Brien o Copi, pero a veces se reía de nervios. Con Tratar a Fang-Lo (la curación de un procrastinador crónico en una mezcla de centro terapéutico, gimnasio punitorio y spa porno), las historias de Ehrenhaus evolucionaron hacia una falta completa de referentes; a series de sucesos de sustancia puramente verbal que sin embargo hacían eco en la experiencia. En ese camino, Un obús cayendo despedaza (Malpaso, 2014) da un giro, o varios. Si antes a Ehrenhaus le parecía crucial que no todo lector entendiera el chiste, este libro es un muestrario flagrante de chapuzas catastróficas, inocencias, malicias, pretensiones, papelones y prodigios involuntarios de sudacas en su tierra o en el Viejo Mundo, y también de españoles por doquier, que cualquiera medianamente informado al respecto podrá reconocer en seguida. Menos sabrá cualquiera, hasta que lea a escritores como Ehrenhaus, que la savia de todo despropósito es el lenguaje, trátese, como aquí, de la confusión de dos santones ante un genio que ofrece Nirvana inmediato, de la lucha de las mujeres de una editorial por vencer la indiferencia sexual de un empleado modélico, o del arrebato goleador de un referí español de segunda, una noche de lluvia, contado por un jugador exquisito y novelero. Que un dúo argen-hispano de viajeros mandapartes descubra en un cementerio europeo la tumba de un otro Adolf Hitler no parece una invención, porque para qué inventar una historia así, sin desenlace, consecuencia ni moraleja. Sólo que con el método Ehrenhaus el tradicional me contaron que… se restaura y la superficial rodaja de vida se vuelve fábula sospechosa de profundidad. Narración ágil y dilación manipuladora, fusión del argentino y el español, refranes trucados, planchado de galicismos, anglicismos y demás, troceado y cocción del lugar común, licuado de la cita de altura y la vanidad cultural, bufonadas imposibles de concebir sin una biblioteca ancha y la curiosidad de un traductor, cambios de ritmo, pizzicatos y deslices de la guarangada a la gran oratoria: Ehrenhaus está insuflado de terror al recurso fácil. Pero antes que destruir el parloteo y la facundia, fuentes de la estupidez, se zambulle en la enormidad del lenguaje y aflora con la anécdota trivial embarrada de sentidos, casi alegorizada. Pone la lengua contra sí misma, y la lengua baila; como loca. Cierto que bailes hay montones, y siempre la ilusión de un contenido es fugaz, fungible; pero cuando las piezas de Ehrenhaus terminan, parece que en el aire de la sala quedase algo de lo que verdaderamente somos: una insistencia sentimental que no cuaja; una tentativa aparatosa y de vez en cuando enternecedora.

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