jueves, 19 de febrero de 2015

Siluetas de Luis Chitarroni
por Jorge Fondebrider

Comienzo por el encomio: Siluetas, de Luis Chitarroni, es un libro excelente que vale la pena leer y que se disfruta íntegramente. Y ahora, sirviéndome del prólogo de la primera edición, hoy suprimido, voy a la historia. Allí se lee: “La idea de ‘Siluetas’ surgió en una de las reuniones de la revista Babel a la que no asistí. (...) Poco después, Martín Caparrós me convocó en la sede de la revista donde él trbajaba (…) y me dijo que habían creído que yo podía trazar el perfil de algunos escritores y llamar a esos retazos “Siluetas”. (…) La elección de los escritores tenía ciertos límites; debía oscilar entre mis preferencias y las de las editoriales, ya que Babel se propuso ser desde el comienzo una revista dedicada a los libros que se publicaban en el país”. Sin embargo, según aclara Chitarroni, poco después de la primera entrega, la elección de los personajes –con las excepciones de Yves Bonnefoy y Bohumil Hrabal– quedó en sus manos. Por lo dicho hasta aquí hay que tener en claro que los textos aludidos se publicaron entre 1988 y 1991, los años en que salió Babel, alcanzando catadura de libro en 1992, cuando Juan Genovese Editor los reunió y volvió a publicar. Y acaso por las fechas, un equívoco frecuente, comprobable en otras reseñas, quiere que las minibiografías literarias de Chitarroni –que acaban de ser vueltas a publicar por La Bestia Equilátera– sean adscriptas sin más a una única tradición, inaugurada entre nosotros por las “Biografías sintéticas” que Borges escribió para las páginas de la revista El Hogar a finales de la década de 1930. Hay razones para que así sea: Textos cautivos, la recopilación inicial a cargo de Emir Rodríguez Monegal para Tusquets –hay un segundo volumen publicado más tarde por Emecé– salió en el mes de octubre de 1986, exactamente dos años antes de que las “Siluetas” de Chitarroni empezaran a ser conocidas y es posible que por ello muchos hayan vinculado unos y otros textos. Sin embargo, la filiación aludida pierde de vista el objeto, demorándose apenas en la forma. Por su carácter de narrativa breve, por la elección de los personajes biografiados y por no pocos rasgos estilísticos, tal vez habría que buscar más atrás –dicho esto en un doble sentido– en “Vidas de biógrafo”, uno de los textos con que termina Siluetas, donde se menciona el arte de la biografía y, entre otros, se alude a John Aubrey, a Samuel Johnson y fundamentalmente a Lytton Strachey, autor de unos magníficos Retratos en miniatura, a los que Chitarroni considera “una obra maestra aislada”, que compara con los textos de Gente portátil, de Paul West.


Ahora bien, en el prólogo actual –que ya ni título de prólogo lleva–, Chitarroni declara que “Casi veinte años atrás este libro no era exactamente igual; hoy la falta de modificaciones lo ha hecho muy distinto”. No se equivoca y esto queda en evidencia cuando confiesa: “las biografías se reducen a lo que son: ejercicios narrativos. Siluetas es un libro de cuentos tímido” Y acá sí cabe pensar en una comparación entre Chitarroni y el Borges que, no del todo convencido de que podía escribir ficción, trabajó con la biografía de personajes históricos –Historia universal de la infamia– obteniendo de ellos una trama para desarrollar un estilo. Entonces, a la luz de sus narraciones posteriores, podría pensarse que Chitarroni, dueño de una erudición hoy rara en las letras argentinas y de una prosa elegante digna de un gran estilista, encontró en la biografía de sus admirados personajes la trama que en otras ocasiones le ha sido esquiva. Sin ir más lejos y a modo de ejemplo extremo, la confesa ficción trazada alrededor del poeta inglés Gerald Manley Hopkins tal vez sirva como demostración del procedimiento.  

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