martes, 3 de febrero de 2015

Shakespeare. La invención de lo humano de Harold Bloom
por Jorge Fondebrider

En una proporción similar a la de los carpinteros, futbolistas, psiquiatras, veterinarios o músicos —para nombrar apenas algunos de los muchos oficios y profesiones existentes—, los buenos críticos culturales son raros y más bien pocos. Harold Bloom es uno de ellos y, por muchas razones, se cuenta entre los más eminentes de hoy en día. Formado en la tradición clásica, enseña Humanidades en la Universidad de Yale y Literatura Inglesa en la Universidad de New York, ciudad en la que nació en 1930.

Una parte sustantiva de la obra de Bloom —acaso la más sólida— está dedicada a investigar la literatura a partir de hipótesis originales, como ocurre en La compañía visionaria, La angustia de las influencias  o Poesía y represión. De William Blake a Wallace Stevens. Otros trabajos, en cambio, se adentran en el terreno de las creencias y la fe, como es el caso en El libro de J., La religión en los Estados Unidos o, más recientemente, Presagios del milenio, un volumen que estudia y analiza con la mayor seriedad y erudición la historia de los ángeles, la de los sueños proféticos, la resurrección y los milagros desde sus orígenes judeo-cristianos, sufíes y gnósticos hasta su degradación en New Age y autoayuda. Existe, por último, una tercera categoría, a la que podría denominarse "didáctica". A ella corresponde fundamentalmente El canon occidental, posiblemente su obra más polémica a la fecha, la cual arroja no poca luz sobre algunas de las cuestiones que más nervioso lo ponen a Bloom.

La primera de esas cuestiones —compartida por una porción sustantiva de la humanidad—, está teñida de fatalismo: haber nacido en esta época en la que, para la mayoría de la gente, todo da un poco lo mismo o, al menos, eso pretenden hacernos creer. En ese contexto, Bloom se ha rebelado ante lo que juzga como "el actual envilecimiento de nuestras instituciones de enseñanza, aquí y en el extranjero". Responsabiliza por ese estado de cosas a la ideología de lo políticamente correcto que, a fuerza de eufemismos, contribuye a crear la ilusión de que, justamente, todo es más o menos lo mismo. Así, entre sus blancos preferidos se encuentra la ultrapromocionada Maya Angelou, poeta laureada de su país e intocable para la mayoría de los críticos por ser a) mujer —para peor, violada de niña—, b) negra, c) lesbiana y d) militante de muchas causas nobles, además de amiga personal de los Clinton. Para Bloom, sencillamente, es una pésima escritora.

La segunda cuestión se relaciona con la primera: Bloom es verdaderamente culto en un país de incultos y, por ello, abomina la equiparación de la cultura "baja" con la "alta". No está dispuesto, por ejemplo, a aceptar que las series de televisión se asimilen al rango de la filosofía ni que los retratos de Homero Simpson se exhiban en las mejores galerías neoyorkinas junto con los de Da Vinci o Vermeer, como efectivamente ocurrió. Por lo tanto, sus ensayos sobre literatura, religión y sociedad, inscriptos en una tradición hoy desdeñada en los Estados Unidos, fueron escritos por oposición a las tendencias intelectuales en boga así como en contra del contexto universitario de ese país, que hoy privilegia los llamados "estudios culturales", a los que Bloom, generalizando un poco injustamente, califica de "pantanos antielitistas".

La tercera cuestión surge directamente de las otras dos: la pasión que anima a Bloom y el énfasis con que dictamina sobre lo que está bien y lo que está mal en la cultura occidental contemporánea lo vuelven dogmático, no pocas veces retrógrado y, en oportunidades, francamente odioso. Detesta, por ejemplo, a los franceses y considera que, desde la muerte de Paul Valéry, nada bueno salió de París, ciudad anegada por los Barthes, los Foucault, los Lacan y los Bourdieu, a quienes tilda de "resentidos profesionales".

Ahora bien, tanto por su interés intrínseco como también por cuestiones de mercado, los ensayos de Bloom circulan por todo el mundo, como si hubiesen sido escritos para ese inmenso público. Pero los lectores ajenos a las taras y deficiencias de la educación norteamericana —que son muchas más de las que se sospecha—, no siempre advertimos que la vehemencia de Bloom al defender sus puntos de vista obedece, en buena medida, a circunstancias que, como no estadounidenses, no nos atañen o sólo nos importan en una dimensión más acotada. Dicho esto, conviene entonces medir esas opiniones en relación con el marco en el que fueron vertidas. Por ejemplo, su famoso Canon occidental tenía intenciones netamente pedagógicas y se dirigía a un público al que podrían imputársele severas lagunas en su formación. Pero, por obra y gracia del mal periodismo, ese libró se transformó en una suerte de ranking ridículo de la literatura de Occidente, cuando en realidad estaba dirigido a dejar mayormente en claro un orden de prioridades para que no se pusiera en pie de igualdad a Walt Whitman y —por decir alguien— nuevamente a Maya Angelou.

El monumental Shakespeare. La invención de lo humano, publicado en su momento por la editorial Norma,  es el último libro de Bloom y, según sus palabras, el resultado de una vida de lecturas y de más de veinte años de enseñar sistemáticamente al dramaturgo en las aulas de las vilipendiadas universidades estadounidenses. El curioso y polémico subtítulo de la obra tiene que ver con la manera en que el crítico ha leído al autor de Hamlet, a quien considera la cima del canon universal: "La idea del carácter occidental —escribe—, del ser interior como agente moral, tiene muchas fuentes: Homero y Platón, Aristóteles y Sófocles, la Biblia y San Agustín, Dante y Kant, y todo lo que quieran añadir. La personalidad, en nuestro sentido, es una invención shakespeareana, y no es sólo la más grande originalidad de Shakespeare, sino también la auténtica causa de su perpetua presencia. En la medida en que nosotros mismos valoramos, y deploramos, nuestras propias personalidades, somos los herederos de Falstaff y de Hamlet, y de todas las otras personas que atiborran el teatro de Shakespeare con lo que podemos llamar los colores del espíritu ". A partir de estas premisas, para Bloom, nada existe antes de Shakespeare y todo lo que vino después deriva, en buena medida, de él: "La vida misma —añade Bloom—se ha convertido en una irrealidad naturalista, en parte, debido a la prevalencia de Shakespeare. Haber inventado nuestros sentimientos es haber ido más allá de nuestra psicologización ". Y más adelante: "¿Podemos concebirnos a nosotros mismos sin Shakespeare? Cuando digo 'nosotros mismos' no me refiero sólo a los actores, directores, profesores, críticos, sino también a usted y a todos lo que usted conozca. Nuestra educación, en el mundo de habla inglesa, pero también en muchas otras naciones, ha sido shakespeareana. Incluso ahora que nuestra educación ha fallado y Shakespeare es vapuleado y truncado por nuestros ideólogos de moda, esos mismos ideólogos son caricaturas de energías shakespeareanas "

Digamos que, de la misma manera que esas hipótesis ingeniosas que acostumbra lanzar Ricardo Piglia entre nosotros —"Borges es el último escritor del siglo XIX", etcétera—, la presentación que Bloom hace de Shakespeare, su modo de leerlo, es apenas una idea más entre las muchísimas que a la fecha ha suscitado el creador de Macbeth. Bloom, desgraciadamente, no lo ve así y, acaso por las razones estadounidenses de las que antes hablamos, supone que "su" manera es "la" manera de leer, dedicando parte de sus energías a desmontar con ahínco otras posibilidades de lectura. Para justificar lo uno y denostar lo otro se apoya en un aparato erudito por momentos fascinante que, a lo largo de las 734 páginas de la edición castellana, le permite analizar cada una de las obras de Shakespeare con increíble detalle. Por otra parte, además de sintetizar lo que otros críticos han dicho en el pasado sobre las piezas en cuestión, suma sus propias ideas, muchas veces, auténticamente originales, aun cuando no necesariamente se coincida con ellas

Más extremo que George Steiner y mucho menos progresita que Edward Said —probablemente sus únicos competidores en el panorama crítico de los Estados Unidos actuales—, Bloom, por la naturaleza de sus dichos, pertenece a ese selecto grupo de opinadores contundentes que integran Ezra Pound, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Joseph Brodsky o Seamus Heaney, con los cuales, aunque no siempre coincidamos con ellos, sólo tangencialmente se puede discutir, tanta es su erudición. Como en los casos citados, la lectura de Bloom está llena de sugestión y originalidad, cualidades que, paradójicamente, uno suele encontrar en la tradición. 

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