Shakespeare.
La invención de lo humano de
Harold Bloom
por
Jorge Fondebrider
En una proporción similar a la de los carpinteros,
futbolistas, psiquiatras, veterinarios o músicos —para nombrar apenas algunos
de los muchos oficios y profesiones existentes—, los buenos críticos culturales
son raros y más bien pocos. Harold Bloom es uno de ellos y, por muchas razones,
se cuenta entre los más eminentes de hoy en día. Formado en la tradición clásica,
enseña Humanidades en la
Universidad de Yale y Literatura Inglesa en la Universidad de New
York, ciudad en la que nació en 1930.

La primera de esas cuestiones —compartida por una porción
sustantiva de la humanidad—, está teñida de fatalismo: haber nacido en esta
época en la que, para la mayoría de la gente, todo da un poco lo mismo o, al
menos, eso pretenden hacernos creer. En ese contexto, Bloom se ha rebelado ante
lo que juzga como "el actual envilecimiento de nuestras instituciones de
enseñanza, aquí y en el extranjero". Responsabiliza por ese estado de
cosas a la ideología de lo políticamente correcto que, a fuerza de eufemismos,
contribuye a crear la ilusión de que, justamente, todo es más o menos lo mismo.
Así, entre sus blancos preferidos se encuentra la ultrapromocionada Maya
Angelou, poeta laureada de su país e intocable para la mayoría de los críticos
por ser a) mujer —para peor, violada de niña—, b) negra, c) lesbiana y d)
militante de muchas causas nobles, además de amiga personal de los Clinton.
Para Bloom, sencillamente, es una pésima escritora.
La segunda cuestión se relaciona con la primera: Bloom es
verdaderamente culto en un país de incultos y, por ello, abomina la
equiparación de la cultura "baja" con la "alta". No está
dispuesto, por ejemplo, a aceptar que las series de televisión se asimilen al
rango de la filosofía ni que los retratos de Homero Simpson se exhiban en las
mejores galerías neoyorkinas junto con los de Da Vinci o Vermeer, como
efectivamente ocurrió. Por lo tanto, sus ensayos sobre literatura, religión y
sociedad, inscriptos en una tradición hoy desdeñada en los Estados Unidos,
fueron escritos por oposición a las tendencias intelectuales en boga así como
en contra del contexto universitario de ese país, que hoy privilegia los
llamados "estudios culturales", a los que Bloom, generalizando un
poco injustamente, califica de "pantanos antielitistas".
La tercera cuestión surge directamente de las otras dos: la
pasión que anima a Bloom y el énfasis con que dictamina sobre lo que está bien
y lo que está mal en la cultura occidental contemporánea lo vuelven dogmático,
no pocas veces retrógrado y, en oportunidades, francamente odioso. Detesta, por
ejemplo, a los franceses y considera que, desde la muerte de Paul Valéry, nada
bueno salió de París, ciudad anegada por los Barthes, los Foucault, los Lacan y
los Bourdieu, a quienes tilda de "resentidos profesionales".
Ahora bien, tanto por
su interés intrínseco como también por cuestiones de mercado, los ensayos de
Bloom circulan por todo el mundo, como si hubiesen sido escritos para ese
inmenso público. Pero los lectores ajenos a las taras y deficiencias de la
educación norteamericana —que son muchas más de las que se sospecha—, no
siempre advertimos que la vehemencia de Bloom al defender sus puntos de vista
obedece, en buena medida, a circunstancias que, como no estadounidenses, no nos
atañen o sólo nos importan en una dimensión más acotada. Dicho esto, conviene
entonces medir esas opiniones en relación con el marco en el que fueron
vertidas. Por ejemplo, su famoso Canon
occidental tenía intenciones netamente pedagógicas y se dirigía a un
público al que podrían imputársele severas lagunas en su formación. Pero, por
obra y gracia del mal periodismo, ese libró se transformó en una suerte de
ranking ridículo de la literatura de Occidente, cuando en realidad estaba
dirigido a dejar mayormente en claro un orden de prioridades para que no se
pusiera en pie de igualdad a Walt Whitman y —por decir alguien— nuevamente a
Maya Angelou.
El monumental Shakespeare.
La invención de lo humano, publicado en su momento por la editorial Norma, es el
último libro de Bloom y, según sus palabras, el resultado de una vida de
lecturas y de más de veinte años de enseñar sistemáticamente al dramaturgo en
las aulas de las vilipendiadas universidades estadounidenses. El curioso y
polémico subtítulo de la obra tiene que ver con la manera en que el crítico ha
leído al autor de Hamlet, a quien
considera la cima del canon universal: "La idea del carácter occidental —escribe—, del ser interior como agente moral, tiene muchas fuentes: Homero y
Platón, Aristóteles y Sófocles, la
Biblia y San Agustín, Dante y Kant, y todo lo que quieran
añadir. La personalidad, en nuestro sentido, es una invención shakespeareana, y
no es sólo la más grande originalidad de Shakespeare, sino también la auténtica
causa de su perpetua presencia. En la medida en que nosotros mismos valoramos,
y deploramos, nuestras propias personalidades, somos los herederos de Falstaff
y de Hamlet, y de todas las otras personas que atiborran el teatro de
Shakespeare con lo que podemos llamar los colores del espíritu ". A
partir de estas premisas, para Bloom, nada existe antes de Shakespeare y todo
lo que vino después deriva, en buena medida, de él: "La vida misma —añade Bloom—se
ha convertido en una irrealidad naturalista, en parte, debido a la prevalencia
de Shakespeare. Haber inventado nuestros sentimientos es haber ido más allá de
nuestra psicologización ". Y más adelante: "¿Podemos concebirnos a nosotros mismos sin Shakespeare? Cuando digo
'nosotros mismos' no me refiero sólo a los actores, directores, profesores,
críticos, sino también a usted y a todos lo que usted conozca. Nuestra
educación, en el mundo de habla inglesa, pero también en muchas otras naciones,
ha sido shakespeareana. Incluso ahora que nuestra educación ha fallado y
Shakespeare es vapuleado y truncado por nuestros ideólogos de moda, esos mismos
ideólogos son caricaturas de energías shakespeareanas "
Digamos que, de la misma manera que esas hipótesis
ingeniosas que acostumbra lanzar Ricardo Piglia entre nosotros —"Borges es
el último escritor del siglo XIX", etcétera—, la presentación que Bloom
hace de Shakespeare, su modo de leerlo, es apenas una idea más entre las
muchísimas que a la fecha ha suscitado el creador de Macbeth. Bloom, desgraciadamente, no lo ve así y, acaso por las
razones estadounidenses de las que antes hablamos, supone que "su"
manera es "la" manera de leer, dedicando parte de sus energías a
desmontar con ahínco otras posibilidades de lectura. Para justificar lo uno y
denostar lo otro se apoya en un aparato erudito por momentos fascinante que, a
lo largo de las 734 páginas de la edición castellana, le permite analizar cada
una de las obras de Shakespeare con increíble detalle. Por otra parte, además
de sintetizar lo que otros críticos han dicho en el pasado sobre las piezas en
cuestión, suma sus propias ideas, muchas veces, auténticamente originales, aun
cuando no necesariamente se coincida con ellas
Más extremo que George Steiner y mucho menos progresita que
Edward Said —probablemente sus únicos competidores en el panorama crítico de
los Estados Unidos actuales—, Bloom, por la naturaleza de sus dichos, pertenece
a ese selecto grupo de opinadores contundentes que integran Ezra Pound,
Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Joseph Brodsky o Seamus Heaney, con los
cuales, aunque no siempre coincidamos con ellos, sólo tangencialmente se puede
discutir, tanta es su erudición. Como en los casos citados, la lectura de Bloom
está llena de sugestión y originalidad, cualidades que, paradójicamente, uno
suele encontrar en la tradición.
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