viernes, 24 de abril de 2015

Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo de Kazuo Ishiguro
Por Diego Fischerman

Es posible que el terror musical sea una creación de Felisberto Hernández. No el espanto guiñolesco de El fantasma de la ópera. Más bien, la inquietud, el temblor al acecho, el sobresalto insinuado, el pequeño estremecimiento que habita en las casas con pianos y en los pianistas olvidados y en las infinitas oscuridades de una sala de música cerrada. Y es posible, también, que esa clase de pesadilla nunca haya llegado tan lejos como en la novela Los inconsolables, donde Kazuo Ishiguro crea un universo ante el cual el mundo del viejo señor K queda convertido en paraíso de ensueño. En ese texto brillante y casi insoportable, un pianista llega a una pequeña ciudad de Europa Central para dar un gran concierto. Allí la música, y en particular la música contemporánea, resulta esencial. Hay madres que no se hablan con sus hijos porque éstos tocaron alguna pieza de vanguardia sin la debida expresión y conocimiento del estilo. Pero ése es apenas el comienzo. En calles y tabernas donde los maleteros compiten con un extraño baile en el que cargan valijas con piedras, en pasillos interminables que comunican la sala de ensayos de un hotel incomprensible con una cabaña en la montaña o con un pueblo vecino y donde todos los pensamientos son escuchados pero, en lugar de diálogos, se superponen monólogos, el pianista es llevado a un territorio donde sólo existe la postergación, en que la mujer que acaba de conocer le reclama por el descuido de su hijo y donde, permanentemente, es esperado en lugares a los que nunca llegará y llega a lugares adonde nunca quiso ir.

Nocturnos (Anagrama), el último libro de Ishiguro (y el primero de cuentos), es una continuación atenuada de aquella novela magistral. Lo une con ella, por supuesto, la música. Pero sobre todo la otra palabra anunciada en el subtítulo: el crepúsculo. Las cinco historias incluidas hablan de algún ocaso, mientras la frustración o el final de las carreras o aficiones musicales de sus personajes habla siempre de otros eclipses. También aquí los personajes están de paso. Venecia, o un hotel de lujo en Beverly Hills donde residen, transitoriamente, los operados por un famoso cirujano plástico (incluyendo uno de los personajes que estaba en Venecia en el primer relato) o una casa en la que se está de visita. Y las situaciones, por supuesto, rondan la pesadilla, sobre todo cuando se acercan a la comedia de enredos. En “Come Rain or Come Shine”, donde el amigo fracasado es invitado a la casa de una pareja de antiguos condiscípulos durante la ausencia del marido para que su mujer, que lo atosiga, se convenza, por contraste, de sus virtudes, es donde la situación se torna más intolerable. El marido llama por teléfono, mientras la mujer está en una reunión, para darle instrucciones al huésped sobre cómo romper objetos, cómo fabricar olor a perro sucio y, sobre todo, cómo ocultar el gusto, compartido con su esposa, por Sarah Vaughan. Todo es espantosamente humillante, pero lo peor es que nadie escucha ni ve a los otros y la vergüenza del final no es ni siquiera registrada como tal. Un joven compositor de canciones pop inconsciente de su temprano fracaso, que abusa de la hospitalidad de su hermana y cuñado mientras entabla una relación con una pareja de músicos ambulantes suizos fascinados con las colinas de Elgar (Sir Edward, el compositor, y no John, como dice la lamentable contratapa), la lastimosa serenata de un ex astro de la canción melódica, la aventura nocturna de un saxofonista genial pero malogrado y su compañera de piso, alrededor del trofeo a “Mejor músico de jazz del año” o una cellista imaginaria que da lecciones a un húngaro que deambula por la Plaza San Marcos son, en todo caso, las diferentes caras de la distancia entendida como una de las Bellas Artes.

Hay una distancia de origen, podría pensarse, en un escritor nacido en Japón y educado en Londres. Tal vez lo japonés (la cortesía extrema, la observación siempre un poco azorada, cierto pudor cercano al desafecto) sea una etapa superior de la flema inglesa. O lo contrario. Pero lo cierto es que en Ishiguro se unen para lograr una pintura exacta y destemplada de la desolación, como en esa Plaza San Marcos donde, en el último de los relatos, “Violonchelistas”, se colocan las estufas entre las mesas para los turistas ya escasos mientras una orquesta toca el tema de El Padrino por novena vez. La presencia de la música es medular en otro aspecto, quizá más importante: el de la forma. Como en una sonata otoñal, donde cada movimiento contrasta con los otros pero, al mismo tiempo, ciertos temas, algunos gestos, determinadas frases, los unen, en Nocturnos se tiene la sensación de que, finalmente, todas las historias no son más que los capítulos de otra, más secreta, más esquiva, más triste aún y más devastada.

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