miércoles, 29 de abril de 2015

Blanco inmóvil de Charles Bernstein
Por Marcelo Cohen



La pantalla de inicio de cualquier celular un inteligente –Bloomberg, utilidades, agenda, tienda– es el fantasma eficaz del régimen de tecno-finanzas que modela la vida del usuario como empresa guiada por el rendimiento y al usuario como gerente de sí mismo. En el capitalismo de los iconitos, el mundo ya no es una incesante ocasión de conjunciones sino un operador recombinante, discreto, cuya formalización inflexible se oculta bajo un manto de deseo pueril, alarde sentimental y queja resentida. Ahí ha precipitado la razón instrumental y, como se viene diciendo, la alternativa está en la poesía. Claro que ya no en lo que un poema puede alumbrar, cantar, confesar o combatir, sino en la puesta en escena de las celadas y pretextos de un lenguaje que, siendo también un régimen, fabrica la famosa intimidad y la abarrota de frases. Hoy ni siquiera ayuda el programa simbolista de separar palabra y materia, la fe en que el azar no cabe en los dados, porque el capitalismo lo cristalizó; en el dinero digital no hay referencia física ni potencia afectiva. En esta triste coyuntura se abre paso la obra de Charles Bernstein, motor de la cardinal escuela estadounidense de poesía del lenguaje. Para Bernstein, la atrofia de lo real se perpetra en la line, que en inglés es tanto la línea  como el verso. Si la poesía quiere seguir abriendo la percepción a las sincronías de la realidad, sólo puede proceder exponiendo, troceados y aglomerados, los miles de giros de un repertorio. Somos periodistas de nosotros mismos, los poetas incluídos, y la cura empieza por tirarnos con pedazos de nuestros variados pretextos; el efecto –cadáver exquisito e interminable anacoluto– va del embelezo al horror. Tamaño cambio en la condición de la poesía entraña una nueva rítmica y sus arritmias, una nueva puntuación y otra idea de la continuidad, tanto del poema como de la historia, los afectos y la acción civil; casi una ontología. Bernstein, que de 1978 a 1981 editó la revista L=A=N=G=U=A=G=E, que se anticipó en borrar las fronteras entre poema, ensayo crítico y filosofía, ha combinado en docenas de libros los tópicos de la política, la cultura de masas, la publicidad, la jerga literaria, los negocios, la pedagogía, la vida privada y muchos más para dar cuenta de cómo palabra y forma de vida son un montaje conjunto. Las traducciones de la hipnótica obra de John Ashbery habían postergado las de la chocante obra de Bernstein, el gran otro, que dijo "quiero implicar a los materiales de la cultura, trastornarlos como me han trastornado a mí, sondearlos como me sondean a mí". Enrique Winter, traductor y antólogo de Blanco inmóvil (antología publicada por kriller71) se tomó el trabajo de locos de abrir al lector en español a una conmoción en la experiencia del poema. Eligió, prologó y tradujo cincuenta, tomados de casi veintiocho libros, y el conjunto es una locura formidable. "...Las luces de colores no reflejan/ el estado del alma o su larga y oscura noche de/ exultación incomunicable, sino simplemente los pasos/ que descienden en un largo espiral, interceptando/ encabalgamientos/ esféricos que –trata y trata– son imposibles de notar./ Varias noches, parado ahí, mi cerebro/ corre tras el fragmento de una quimera &/ aun así, puedes aceptar realmente que, no/ te lo pongas más difícil, empecemos/ de cero tú & yo, ven/ que podemos, &c./ Al fin el cambio relajante,/ el sofá, Alejandría, Trujillo...". Las versiones de Winter dan una sensación de volumen a la altura de una poesía que se niega a sí misma para volver en otro cuerpo. Coyunturas rechinantes, discursos heteróclitos que fuera de contexto y soliviantados por el arrebato rítmico muestran impúdicamente su insignificancia y al cabo barbotan una meláncolica meditación existencial. La poesía de Bernstein llega a dar una risa nerviosa; a la vez enciende el pensamiento, como un acorde alarmante pero pleno.



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