martes, 7 de abril de 2015

Si alguiente tiene que ser después de Juana Bignozzi
Por Jorge Fondebrider

Este libro de Juana Bignozzi es claramente una de las mejores cosas que le pasaron este año a la literatura argentina. En la página 28, se lee: “rodeada de creadores que oscilan/ entre la jactancia y la humillación/ no digo soberbia/ porque es un pecado mayor de almas mayores/ rodeada de treintañeros que se vuelven cuarentones cincuentones/ Y se colocan en el umbral técnico de la vejez/ suelo creer que me rodea gente a la que alguien contó una historia/ en la que no entraba la jerarquía del escenario/ la nitidez de la palabra/ ni la respuesta a la eterna pregunta/ ¿quién soy yo en este oficio/ y en éste mi espejo?”. Así, en 12 versos, Juana Bignozzi acaba de cargarse a buena parte de la poesía argentina. Al resto se ocupa de clasificarlos en la página 35: “los grandes poetas escriben sin el corazón/ los frívolos sin el alma/ los triunfadores narrativos sin pensamiento/ los magísters de jóvenes/ los que aspiran al lugar del privilegio/ que abandonan los lúcidos sin ideología/ y un mínimo grupo de solitarios sin música/ con el gran sueño de una clase un líder un país”. Antes, en el tercer poema de Si alguiente tiene que ser después, se había presentado a sí misma con una sencilla declaración de principios: “nunca tuve otro sueño/ sino el de estar en el lugar donde conseguir mis sueños”. Y ese lugar nunca fue ni la niñez, ni el misterio, el pobrerío, Frankfurt, o cualquiera de esos tinglados dispuestos para la ocasión. No: aquí hay poesía, pelada hasta el hueso, escrita con el refinamiento que permite la decencia y la impunidad de quien nada tiene que demostrarle a nadie. Juana Bignozzi tiene algo que decir y ésa es una de las varias noticias que tiene para ofrecernos. Otra es que no se puede vivir sin ideología. Luego, que toda vida tiene momentos lujosos, aun cuando no sea el lujo material lo que los determine. Finalmente, que la poesía –y conste que es una poeta quien lo aclara–  no es lo más importante: “pobres vidas aquellas/ en las que la vida es sólo la poesía”, comenta en “24 de junio”, uno de los pocos poemas con título, que trascurre en Buenos Aires, su ciudad “llena de provincianos y libros españoles”, lo que es decir otro lugar que el que alguna vez le fue propio y a duras penas todavía sobrevive en algunos poemas, porque “la historia barre barre/ y devuelve soledad a los que trabajan a solas/ y convierte en solitarios a los que hicieron de la ideología/ un gesto”.

Efectivamente, “en este mundo que miserablemente aspira a la corrección”, Juana está sola. La distancia que media entre ella y la mayoría de sus contemporáneos es decididamente grande y este libro –impiadoso, pero no exento de ternura– no hace otra cosa que ampliarla. El precio es alto, lo sabe y está dispuesta a pagarlo. Por eso anota: “me miro en el espejo y sé que la trampa de la que debo escapar/ no es la de las arrugas/ sino la de esperar cobrar la plusvalía del afecto/ como en un lejano cuento pido al espejo cada día/ seguir despierta no perder el aliento/ seguir ignorando qué precio tiene mi desmemoria/ no perder el gusto de la amistad/ volver a desagradar/ a los que hace décadas desagrado”.



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